viernes, 6 de mayo de 2011

Una mujer de carácter Final

- ¿Es que no puedo dejarte solo sin que tengas que formar un escándalo? -inquirió ella con renovados bríos. Era más una acusación que una pregunta-. Es que no tienes dos dedos de frente; aprovechas cualquier ocasión para molestar a los vecinos y meter las narices en todo lo que no te importa. Porque, ¡vamos a ver!, ¿cuántas veces te he repetido que dejes tranquila a esa cursi y pija del primero?, ¿eh?, ¿cuántas? ¡Qué pasa...! ¿Es que te gusta? ¡Pues nada, adelante! ¡A por ella, a joder y a comportaros como lo que sois: animales! Hazlo si ella te deja y eso es lo que quieres, pero olvídate de mí y no me hagas más de sufrir, por favor.
Lo dijo mirándolo profundamente a los ojos, con aquella ansiosa perplejidad que ponía en su voz un quiebro final que colgaba de las frases como una bandolera. Lo miró tan fijamente que el otro pareció desaparecer por completo y, por primera vez en todo el altercado, las palabras de ella consiguieron de él algo más que un simple parpadeo. Por primera vez, también, la mujer supo que en esta ocasión había ido demasiado lejos. Y tuvo la confirmación casi de inmediato, cuando lo vio incorporarse y dirigirse hacia la puerta de salida, abatido, triste, la cabeza gacha, el cuerpo desmadejado, caído, arrastrándose como si de repente le acabaran de echar veinte años encima.
La mujer torció el rostro e hizo una mueca de resignación; súbitamente, pareció que todo su enojo se disipaba. Como siempre, al final, tendría que ser ella la que dijese que lo sentía. Tendría que ser ella la que fuese a él. Y lo hizo. Lo alcanzó cuando casi llegaba a la puerta y, y rodeándole tiernamente con sus brazos, lo abrazó. El animal movió la cola de un lado a otro y la miró fijamente. Los dos tenían ojos de arrepentimiento; pero el perro, más.

J.J.

Una mujer de carácter III

Se achantó aún más sobre el sofá; parecía sujeto a él por un poder imaginario. Le hubiese gustado volverse invisible al menos durante cinco minutos. El tiempo suficiente para que aquel pronto, en el que la rabia rotulaba su piel y henchía su garganta dilatándola como el pecho de un pelícano, pasase. Pero había transcurrido muy poco tiempo desde el comienzo de la disputa, y ella era capaz de llenar un diccionario de injurias en tan sólo unos segundos. Lo más prudente era capear el temporal de la forma más digna posible y prepararse a recibir una nueva andanada de insultos y reproches. Bien mirado, la vecinita del primero bien valía una bronca, se dijo para animarse.
- No sólo no te basta con vivir a mis expensas -prosiguió ella, mirándolo desafiante-, sino que, además, no puedo ni siquiera confiar mínimamente en ti, tienes que andar dando motivos para que toda la vecindad hable de nosotros más de lo que ya habla. Bastante tengo yo con acudir todos los días al trabajo, venir corriendo para ponerte de comer y estar pendiente de que no te falte de nada como si fuera tu esclava, para que, además, te dediques a avergonzarme y a ponerme en ridículo delante de todos - el tono de la mujer algo más suave momentos antes, comenzó a aumentar de nuevo, poco a poco, pero inexorablemente, volvió a alcanzar aquella tesitura tan peculiar en ella y que, en las grandes ocasiones, era capaz de elevar a una roca hasta el entusiasmo-.
¡Debiste haberte quedado con la guarra de tu madre, y que ella hubiese apechugado contigo! - continuó, explosiva-. Son muchos los que piensan que hace tiempo que debí ponerte de patitas en la calle, y por Dios que ya lo he pensado en más de una ocasión, no te confíes y creas que me tienes tan segura que no me atreveré. Aunque te quiero, no estoy dispuesta a ser tu perrita faldera toda la vida y puede ser que aún tengas que buscarte otra cama donde dormir el resto de tus días. -La mujer había cogido la honda reprochadora y las palabras le salían solas, sin aparente esfuerzo, como si de un discurso memorizado se tratase-. Tus tácticas no te van a dar resultado eternamente. -Siguió sin darse el más mínimo respiro-. No creas que porque te hagas el sumiso, no repliques y pongas esa cara de mártir, vas a tener derecho de pernada toda la vida.
Aplastó la colilla en el cenicero, y nunca mejor empleada la palabra, porque fue tanta la saña con la que retorció el negruzco cabo de tabaco, que quedó hecho añicos en décimas de segundo. Mejor esas décimas que nada, pensó él; al menos le ayudarían a reponer algo de fuerzas y de ánimo para los próximos embates que, sin duda, no tardarían en llegar; y no se equivocaba.

Tiempo

Hace bastante tiempo que no hago ninguna entrada en el blog, no a sido por falta de tiempo, que lo he tenido, sino por desidia, flojera, vagancia, y dejadez, si todo eso y además el unirse a ello una enfermedad que poco a poco hace mella en mi, aun así, no quisiera dejar de publicar entradas, aunque la verdad suelo escribir poco de mi, para qué?, no soy nada interesante, palabrita del niño Jesús, así que os pongo el final del cuento que lleva ufffff, casi un siglo esperando su terminación.

domingo, 13 de marzo de 2011

Una Mujer de carácter II

Encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana. Necesitaba calmarse. Sabía de su fuerte carácter y de las barbaridades que era capaz de decir cuando la rabia le dominaba. Al fin y al cabo, él era su compañero, su mejor y casi único amigo y, salvo algunos parientes semiolvidados, la totalidad de su familia. Tampoco era cuestión de ensañarse y de decir cosas de las que luego tuviera que arrepentirse. Tenía que serenarse. Lo que sentían era demasiado valioso para convertirlo en ira. Se asomó a la ventana.
Los cristales estaban empañados y lagrimosos como si hubieran estado llorando toda una eternidad; con la palma de la mano hizo un pequeño círculo sobre el vaho, que rápidamente comenzó a aparecer de nuevo, pero que no le impidió atisbar el exterior. llovía con mansedumbre, sin demasiado ímpetu, pero con tan desconcertante intensidad que, por unos momentos, los escasos autos que circulaban por aquella calle, desapacible y abierta a todos los vientos, parecían navegar a través de un mar de gotas cantarinas en el que se sumergían resignados, pero del que emergían, al poco, limpios y relucientes.
Permaneció algunos instantes absorta,  mirando sin ver algún punto inconcreto más allá de las oscuras redes del aguacero, dando profundas caladas a su eterno Ducados, pero consciente de que ni éste, ni el paisaje, conseguían apaciguar los mil demonios que alteraban su espíritu. Y él, que la conocía tan bien, lo supo al instante, lo que le hizo contener la respiración durante la fracción de siglos que ella tardó en explotar de nuevo.
- ¡Eres un estúpido hijo de perra!- dijo al fin,  su voz fue como un zarpazo que destrozara un pájaro en mitad de su vuelo-. Crees que puedes estar continuamente poniéndome en evidencia y comportandote como un crío pequeño. Ya me cansé, sabes. ¡No pienso aguantarse ni una sola trastada más! Pero bueno, ¡es que no me estás oyendo!
La mujer se apartó bruscamente de la ventana y avanzó unos pasos hacia el sofá en actitud amenazadora. La furia le dominaba y parecía totalmente fuera de sí. El otro se temió lo peor, no acababa de reaccionar y sólo atinó a darse media vuelta al tiempo que se arrugaba como un globo vacio en manos de un niño terrible. Sabía en que trance se encontraba y sabía, también, que esta vez la cosa podía pasar a mayores. Pero era consciente de que no debía modificar su táctica, la que siempre le diera buenos resultados: tenía que permanecer impasible hasta que se calmase. Cualquiera hubiese pensado que aquella conducta era una cuestión de dignidad, pero lo cierto era que más bien se trataba de una disciplina indispensable de la que debe hacer uso el débil: una política de feliz supervivencia. En el fondo, la quería mucho más de lo que a veces demostraba, pero estaba claro que nadie es perfecto, y menos él. Era consciente de que en ocasiones no obraba todo lo bien que ella se merecía y que le costaba sudores sustraerse a determinadas cosas, sobre todo si de hembras se trataba.

J.J.